jueves, 28 de agosto de 2014

Julio: Rayos y truenos. Mañanas en el subsuelo

Julio tenía la fea costumbre de perder las formas conmigo. La desfachatez de despertarme sin llevarme el desayuno a la cama y sin haber dejado antes la habitación flotando en una suave penumbra. Como cuando mamá trabajaba, y yo pretendía negarme, cabezona como la que más, a ir al colegio. Entonces mi niñera tiraba fuerte de la sábana, de golpe, y me hacía sentir frío. Y no me quedaba más remedio que abandonar la seguridad y el calor de las mantas.
Pues así solía ser julio conmigo. Se volvía brusco, violento y despiadado, y nos despertó a todos, desarropándonos, con noticias frescas y putas que se nos estampaban en los morros como una bofetada de realidad. Nos volteó la existencia: al arrancarles de cuajo su juventud, al recordarnos lo finito del mejor amigo del hombre. 
Julio boxeaba conmigo: me dio golpes fuertes. Qué bueno que, por eso, julio me ha enseñado a vivir con más intensidad. A espabilar un poquito. A perpetuar a mi mejor amiga en siestas conjuntas, en rascar su barriga perruna durante horas, en montones de fotos y galletas fraccionadas en pedacitos a la hora del desayuno, siempre compartido cuando vuelvo a casa. Debe ser lo único que esa tragona bola de pelo mastica :)
Esta vez julio no iba a ser menos, y se presentó gris y fresco, y trajo, otra vez, noticias frescas, y grises oscuras, y muy putas. Pero creo que, a pesar de todo, Madrid no quería espantarme en nuestro primer verano juntos con calles hirviendo a treinta y nueve grados. Así que julio le refrescó su asfalto, tan gris como él, con algún que otro chaparrón, justo en los días en que olvidé mi paraguas. Y qué bien, oye: que la lluvia siempre me limpia por dentro. Y nos encerró durante más de veinte mañanas en el subsuelo, sentados frente a pantallas dobles –y también grises- de dimensiones con las que ni nos atreveríamos a soñar en las guardias de Urgencias. “Radiografía de tórax, dos proyecciones…” una y otra vez, a media voz, susurrado a ese aparato que entendía a veces lo que debía, y otras lo que le daba la gana. Qué potente somnífero. 
Y a pesar de la ausencia de pacientes –que compensábamos indagando en la evolución de Aniceto and company-, aquella tormenta no estuvo tan mal. Escapábamos de la sala de lecturas en busca de cafeína y quién sabe si de inspiración, de suerte o de risas en la encrucijada de las máquinas de cocacola. Perdíamos el tiempo, ganábamos la vida. Y al final, admitámoslo, hasta aprendimos. Cómo buscar un derrame pleural con fundamento, qué demonios significaba –por fin- la socorrida coletilla de la redistribución vascular, a la que tantas veces recurrimos en un fallido intento de sonar profesionales. Fuimos la envidia de todos, con nuestro exclusivo y benevolente horario laboral. Aunque a veces nos sintiéramos tan en la facultad.

Y es que si algo he aprendido es que no puedo dejar de aprender. Nunca. Nos enseñen julio y sus palos, nuestros mayores o hasta nuestros pequeños. 

miércoles, 25 de junio de 2014

De balcones y Nefrología

Desde mi balcón veo uno de los altísimos edificios de Plaza de España. El que no está vacío; ése dicen que lo han comprado unos chinos. En este junio, que quisiera ser del norte y nos concede una tregua al asfalto y a los viandantes, me gusta asomarme, después de cenar, y  ver cómo el día no tiene prisa por irse a dormir. Que son casi las once y la luz no se apaga. E imaginar qué vistas indiscretas y privilegiadas tienen los habitantes de ese edificio, que salvaguardan su intimidad en las alturas. No como una servidora, a la que no le queda más remedio que saber que los vecinos de enfrente tienen las mismas sábanas de Ikea que media población española y, si me apuras, hasta veo esta noche la televisión con ellos, de balcón a balcón. Y, viceversa, mi cotidianidad también se intuye entre visillos y tras los estores (de Ikea, también).  Es  lo que tiene vivir en un segundo piso, en una callecita estrecha con balcones atestados de plantas y molinillos de colores, donde tan pronto escucho ligar en italiano o maldecir el empedrado en inglés, como veo procesionar hasta los bares camisetas de fútbol de todos los colores (la roja ya no, ya saben que esta vez ni olimos la gloria balompédica), o un mendigo con la voz cascada canta una de Sabina. Cosas de Madrid.

Y entre tanto, mientras sueño con vivir en un vigésimo noveno piso con vistas al templo de Debod, Quique y Mr. Clooney vuelven a la vida en la Unidad de Agudos de Nefro. Les pusieron VMNI, les cubrimos cocos con Vanco, les dializaron de urgencia, les bajó el potasio. Cuando todo fue mejor, nos echamos unas risas. “Encantado, doctora”, me dice los días que me quedo sola. “Y yo más”, le respondería, aunque lo dejo en un cortés "igualmente". A pesar de la Intranet y de la hipoglucemia cuando aún me queda mucho por hacer en la mañana. Aunque a veces me sienta más secretaria que médico. Aunque las sesiones clínicas discutiendo sobre lo humano y lo divino de las glomerulonefritis se me hagan tan densas, pero no tan dulces, como la miel. Encantada, a pesar de los pesares; para pesares el de Constantina: es posible que ella corra distinta suerte a la de Clooney. Tenía la mirada ausente, y las manos demasiado frías.


Y en un parpadeo, de casa al trabajo, y del trabajo a casa: la línea amarilla. Señoras gordas, pluripatológicas en potencia; ese hombre que ofrece pañuelos, y que bien, por la edad que aparenta, podría ser mi padre. Las caras de sueño, los libros electrónicos conviviendo en aparente armonía con los de verdad: los que tienen los bordes sobados y las esquinas dobladas, y al abrirlos huelen bien. Las vueltas multitudinarias de los jueves, después de la cerveza fría. El día en que caí en la cuenta de que, por fin, me había olvidado de que hubo un tiempo en que buscaba sus zapatillas grises. Quizás la mala noticia es que, ahora, lo que busco sin quererlo es tu pelo.Y entre todo, las pausas y las prisas llevándose bien. 

P.D. Mi portátil murió por quinta vez sin opciones de reanimación, y Ana María Matute se fue hoy, así que yo tuve que coger prestado el de mi buen amigo J cuando se me apareció esta sentencia suya que tan al pelo me viene: "Escribir es un deseo de recuperar todo lo que se ha vivido y se ha perdido".

:)


lunes, 16 de junio de 2014

De Madrid y de primeras veces

La primera tarde que me quedé sola, una vez más, pero esta vez más de verdad, descargamos el coche, nos besamos, cerramos puertas, y dejamos caer un hasta pronto; aunque yo sabía que era un adiós aquello que llevaba tiempo preparándome para decir a lo que había sido hasta entonces. Y aquel mayo me supo a septiembre: saqué algunos pedazos de siete años para colocarlos entre cuatro paredes; deshice maletas; nos presentamos todos. Incluyendo nombre, especialidad, y año. Nunca antes una primera toma de contacto tuvo tanta información.

La primera vez que, temprano, me topé con la mañana fría al salir a la superficie desde la boca de metro, sonreí. Y es que, con lo que me costó llegar hasta aquí, no íbamos a ponerle mala cara. A pesar de que sé que más de una vez me sentiré muy pequeña en la estación de los hologramas gigantes. Al atravesar el umbral de la puerta, sonrisa puesta, alguna de aquellas primeras mañanas, escuché decir “Qué mierda todo, Paco”. Y pensé que, seguro, llevaba razón: a saber qué era ese todo, y pensé también que qué sabré yo a estas alturas de miserias ajenas, si hasta el momento han pasado a mi lado sigilosas, sin hacer ruido, y con la cabeza gacha. Pero tres semanas en el hospital me han bastado para saber que van a trabajar mano a mano conmigo: las miserias, lo más bajo, la impotencia, la incertidumbre. Pero también las soluciones, las alegrías, los "todo ha salido bien". Y estaré ahí con ganas de acompañar, de consolar, de dar esperanzas, ofrecer sonrisas y algún abrazo. Aprendiendo a hacerlo, despacito y buena letra. 

El primer domingo sola di dos vueltas de llave para sitiar a la pereza, y me perdí entre libros, dejándome arrastrar por una marea de gente tan curiosa (o tan ociosa) como yo. Y esa tarde Madrid me enseñó que entre tanto bullicio también hay hueco para el silencio: que entre sus árboles desaparecen el tráfico y el ruido, y, si quieres, hasta las preocupaciones. Si es que alguna vez las hubo. Si me hubiese acordado de cuánto te disfrutaba, Madrid, no hubiese dudado tanto, pienso mientras "subo y bajo Gran Vía". 

Y en las primeras sesiones clínicas, en las primeras “lecciones”, me volví a pillar a mí misma in fraganti con la sonrisa boba: agarrando en la mano fuerte, pero suavemente al tiempo, para que no quiera irse, la certeza de que no me he equivocado. De que Anestesia y Madrid pasarán a mi historia como unas de las decisiones más cuestionadas, pero sin duda las más acertadas.



…¿Y qué le hago yo si me sobran las ganas? 

:)

PD. Mención especial a la Doctora Jomeini, que tuvo parte de culpa. Y más, con post como éste


sábado, 17 de mayo de 2014

El día que casi olvido pulsar el botón

Estaba lloviendo, como no podía ser de otra manera. Nos apostábamos cada una en marcos enfrentados de la puerta, dejando pasar entre cuerpo y cuerpo toda la claridad que era capaz de ofrecernos aquella tarde gris de abril. Me apoyé contra la encimera y eché una mirada lastimera a las gotas que se perseguían unas a otras por el cristal, casi suplicándoles que dibujasen al resbalar la respuesta que llevaba buscando días y más días. Y es que, por fin, sabía lo que quería. Sabía dónde quería estar. Tenía mi plan A, pero me faltaba el plan B. Había sido poco previsora, demasiado optimista, o incluso demasiado realista.Había tachado dieciocho de mis veinte plazas favoritas. Sea como fuere, no sabía qué hacer si el día se me torcía. Así que, como no sabía qué hacer, hice galletas. Hice también unas llamadas, buscando la luz. Tila doble, y a la cama. Dormí bien, del tirón, aunque tuve un despertar precoz, causado por ese algo que se había instalado en mi tripa sin pedir permiso.

Viajábamos, y sonó en la radio “Terriblemente cruel”, que me apetecía tararear desde hacía días; pero desprecié el guiño que me hacía la radio, como diciendo “este va a ser un buen día”, no fuera a ser que me pasase de entusiasta una vez más. Se asomaba Madrid, y dejábamos a la izquierda un edificio altísimo al que apenas me atrevía a mirar. No vaya a ser que no haya suerte, me dije. Aunque, después de todo, al final iba a tener que empezar a fiarme de las señales: aparcábamos justamente enfrente de la puerta del Ministerio de Sanidad. 

Faltaban casi tres horas aún para cruzar esa puerta, ya atestada de gente, a pesar de no haber habido turno de mañana. Sin hambre, acabamos en un Vips picando algo, con los nervios reconcentrados y la atención dispersa, mirando a todas partes y viendo a más mires por doquier. Quise hacerme la Sira Quiroga y averiguar qué planes tenían los demás, pero no estoy hecha para el espionaje.
Paseamos por el Barrio de las Letras, y por vez primera miré con otros ojos a esas fachadas: a pesar de ese scalextric que iba a toda pastilla en mi estómago, a pesar de que podía ocurrir cualquier cosa. Porque Madrid, en cuestión de minutos, iba a convertirse en mi nueva ciudad.

Y es que no tuve que echar mano del plan B. “Buenas tardes”, “Buenas tardes”. DNI, pegatina roja y p´adentro. Un pasillo laaaargo, largo. Y flechas a lo largo del mismo: “Elección de plaza MIR”. Mariposas.

Casi una hora de espera. Los electores íbamos pasando y tomando asiento donde nos indicaban. Yo tenía frío, tenía calor. Me escribía por whatsapp con mi copilota favorita. Bebía agua. Cualquier cosa era válida para tratar de aplacar mis nervios. Aunque fuera en vano. Mirada furtiva a la izquierda: “Izaskun noséquéberría”. Bien. “Esta chica seguro que tira para el Norte”, me digo. Mirada furtiva a la derecha: el novio de mi (rezaba, por aquel entonces) coR. Paranoia. Total y absoluta. Perfectamente sistematizada, señores. “Seguro, ¡seguro!, que coge lo mismo que ella, y va y me la quita. ¡Este chico me la quita!”. Veía el fin. Lo veía con claridad. Y mi plan B me saludaba sonriente desde el otro lado, y yo no quería mirarle, ni de reojo siquiera: “Es que no te conozco, Ramón, querido, sólo hemos hablado por teléfono”, le decía, dándole largas.

Pero lo repetiré hasta la saciedad mientras dure la racha: chica con suerte, ésa soy yo. Los 10 primeros suben al estrado: Psiquiatría, Urología, Oncología, ¡Traumatología!, cogió aquel al que yo daba por ladrón seguro. Granada, Tenerife, Zaragoza. Bien: vamos bien.
10 siguientes: ahí estoy yo. Cojo todos mis cachivaches y subo. Sigo atacaíta. Me adelantan por la derecha, ras: 1764, mi predecesor, que dice que espera a la novia. ¡Qué bonito es el amor; más, si cabe, en este preciso instante! ¡Un contrincante menos! 
Siguen eligiendo, y mis dos ansiadas plazas siguen ahí. De repente, adiós nervios. Adiós a meses de dudas, de medias tintas, de incertidumbre. Sólo quedan dos por delante de mí, y la primera persona no la ha escogido: sé que mi plaza es mía. Hola alegría indescriptible, hola subidón de adrenalina. Me acerco a los funcionarios y lo digo, muy clarito: Anestesiología y Reanimación en el Hospital Universitario 12 de Octubre de Madrid. Y, digo yo, debió embargarme la emoción, porque, casi levitando, sonrisa puesta “de lao a lao”, me dispuse, tan pancha, a bajar del estrado sin pulsar el archifamoso enter. Carcajada general por parte de los 330 compañeros que permanecen en sus asientos. Me uno a ellos, y pulso el botón. Ahora sí :) 

Salgo casi corriendo por el pasillo. Otro control de seguridad: me quitan la pegatina y me dan la enhorabuena. 
Salgo a la calle: son las cuatro en Madrid. 
Mamá. 
Tremendo abrazo. 
Conseguido :)

sábado, 12 de abril de 2014

La pregunta del millón

11 de abril, es casi medianoche. Adormilada tras ver la peli mala de la 1, lucho un rato más contra mis párpados, que tienen ganas de cerrar el chiringuito por hoy. Porque hoy es 11 de abril, y…

…¿Sabes?, hoy ha sido un bonito día. Amaneció algo nublado y con dieciocho grados a la sombra: impropios, o quizás no tanto, de este loco abril. Paseíto mañanero con una Reina recién bañada, reluciente y suave como un abrigo de visón, saludando a los patos de la charca del colegio y haciendo planes para ir en busca de los flamencos de otra.
Recogimos las notas de Miguel en mi viejo instituto. Necesitaría una “charla” tuya. Aunque le entraría por un oído y le saldría por otro; ¡qué te voy a contar yo a ti de la edad del pavo, después de que te tragases la mía por entregas semanales! Al llegar allí, encontrábamos el hall invadido por un mercadillo solidario que los chicos del penúltimo curso organizaban para ayudar a una de sus compañeras. Fue emocionante comprobar que aún queda gente buena. Que el mundo no es tan malo. No sé: puede que peque de ingenua. Ya veremos si me cura o no de espanto la vida.

Y volvimos a casa. Y preparamos tarta de queso, y galletas, y dejamos el horno abierto para que el olor de casa no tuviese nada que envidiar a la mejor bakery del mundo mundial. Los compartimos, con café y cháchara, con las primas. Después se marcharon, y, ¿sabes?, fuimos a misa. Hoy fue viernes de Dolores, y en San Agustín no cabía un alfiler, pero hoy ha sido once de abril, y ya van cuatro seguidos. No te voy a engañar: ni me reconforta ni me parece suficiente, llamémosle homenaje, que el cura sencillamente lea tu nombre, colocado al azar en una lista de difuntos que se me antoja interminable. Porque, ¿sabes?, yo te recuerdo cada día. O casi cada día: ya sabes que al tiempo y al vivir les gusta hacer de las suyas y esconder los recuerdos entre las prisas. Y te sigo echando de menos. Y cuando escucho a Pereza en la radio te pienso; y no porque te gustase (tú eras más de La madre de José), sino porque tú realmente eras la estrella de los tejados, lo más rock´n roll de por aquí.  Ojalá estuvieras aquí, para llamarte tita Nati; ya hace tiempo aprendí que la familia es mucho más que simple sangre. Ojalá en estas largas vacaciones me hubieses seguido escuchando la sempiterna pregunta, y ayudando a mamá, la pobre, con la cabeza como un bombo (y es normal…), a sobrellevarlo.

Y ojalá estuvieras aquí para no tener que despertar a mis dedos los onces de abril para escribirte: preferiría hablarte, darte un abrazo, reír contigo, agarrarte tus manos nudosas y también “del bracete” para ayudarte a salvar algún escalón. Y también, ojalá, para contarte que, tras mucho divagar, logré responder, no sin ayuda, a la pregunta del millón: de mayor, Nati, voy a ser anestesióloga.


No te enfades, “jodía”, que por mucho caso que te hubiese hecho convirtiéndome en médico de viejas, mala paciente iba a encontrar en ti ahora que ya no estás. La parte buena es que, desde ahí arriba, seguro me ayudarás a que mis pacientes tengan “un buen vuelo”. ¿A que sí? :)

martes, 18 de marzo de 2014

Esta tarde: de ganas y presentes.

Por no tener orden ni concierto, por no querer dejar tiradas a palabras que mucho me ha costado escribir –y ahora comprenderán por qué- , hoy me excedo y "hablo" de más. Hablaré de regalos y hablaré de ganas.

En un día de mir vida les contaba, hace ya algún tiempo (qué rápido pasó, en el fondo), que cuando salía- y salgo- a pasear a Reina por la mañana- mañanas gélidas, mañanas frescas, mañanas de viento y de calma, mañanas bochornosas que hacen, en verano, que nos demos la vuelta antes y con tiempo- miro hacia arriba. Es una secuencia aprendida e inconsciente: salgo, tomo conciencia de cuánta luz hay ahora en la calle, miro a un lado y a otro, y, cuando alguna casa más baja deja el espacio suficiente, miro al cielo. Cielos de primero de agosto, cielos de diciembre, cielos de luz cegadora y cielos de gris. Y cielos recién levantados, eso siempre. Por obligación o por placer (aún cuando me tomen por chalada), suelo madrugar. Puede que sea también un poco de ansia viva, egoísmo al fin y al cabo. Porque, cada vez que madrugo y miro al cielo, recibo un regalo. No fue fácil darme cuenta, y es que creo que es cuestión de práctica, de pararse a observar. El regalo está ahí, pero no esperes un bonito papel floreado y cintas de colores, no: es TU propia elección, como en un dichoso examen tipo test con cinco opciones, el que cada día nuevo sea un presente-con sus múltiples acepciones-. 

...Dicen que “Cuanto menos haces, menos quieres”. Eso, o algo parecido, es lo que hay quien dice tratando de justificar la pereza. ¡Ay, la pereza! Con qué pasmosa facilidad se abre paso la pereza en esta mi vida ociosa. Cómo llega, discreta pero segura, y ahueca cojines para instalarse en mis días vacíos de preocupación real. Estos días que tanto deseé se me escapan, distraídos, de las manos como el viento arranca un papel que no sujetabas con fuerza suficiente. Tedio y pereza que pretenden arrasar con todos y cada uno de los puntos negros que preceden a cada ítem de aquella lista que elaboré, “Cosas que hacer después del MIR”, y que reside a caballo entre mi cabeza y mis cuadernos.  

Tienen un efecto sumativo vagancia y sueño: cuantas más horas gasto durmiendo, más ganas de volver a la cama tengo al despertar. Y yo, que soy muy ahorradora y creo que mi tiempo es un regalo, cuando veo que acechan me meto en mi papel de reinona medieval tremendamente poderosa y los destierro, como si fuesen los más peligrosos villanos del reino. Ojo: esto no es una norma general. Si así fuera, la habría patentado y estaría forrándome a costa de la tremenda productividad del mundo en general. Obedece más bien a esa frasecita de marras que, pongamos por caso, nos repetían con frecuencia en nuestra más tierna infancia cuando no teníamos ganas, por ejemplo, de hacer la tarea de, por ejemplo, Mates: “Si no tienes ganas, las pintas”- un breve inciso: a mí Mates es que me producía hasta dolor de barriga-. Y sí, aunque cuesta (como todo) las ganas también se pintan. Actitud, que las llaman también.

Esta misma tarde me he obligado a agarrar pinceles y ponerme a ello. Un mes es el tiempo que resta para que el día M (de MIRnisterio de Sanidad) haya llegado. El día en que he de decidir el rumbo de mi vida (no sólo profesional, aunque así lo parezca). Y, como el reloj comienza a pisarme los talones, esta tarde, con la luz a la espalda, la Gorda al sol y los pajarillos volviendo a cantar en estos días de marzo, cuaderno en mano, he escrito pros y contras de las 3 especialidades que contemplo escoger *. Escrito, sí: no hay nada como “pintar” pensamientos. Cuando no los atrapas en papel, cogen una velocidad de vértigo: resulta mareante. Llevan razón quienes dicen que no hay que darle tantas vueltas a la cabeza (y permitidme un consejo, chicas-exclusivamente-: si sufrís de síndrome premenstrual NO le deis vueltas al coco en esos días. Puede parecer una tontuna o una obviedad, pero pensar con el humor alterado juega en tu contra).

Esta tarde, más tarde, con el sol cayendo, hemos salido a pasear, otra vez. A buscar esos regalos: en forma de atardecer, de caricia del viento, de caricias a la peluda de Reina. De sentirse útil porque unas chicas se te acercan a ver si las puedes ayudar con una dudilla de su trabajo de inglés. De seguir sacando conclusiones: eso sí que es un regalo para una indecisa nata como yo. Hemos salido a conversar con don Urbano un ratín: “¡Si usted viera, don Urbano, cómo están ahora los almendros!” . A saludar a los vecinos a los que se saluda con más alegría que puras formas. A desterrar también al invierno, a sabiendas de que aún vendrán días de frío intenso.

Esta tarde, en definitiva, hemos salido a pintar las ganas, o a sacarlas del baúl; qué importa: el caso es que se pasen por aquí con asiduidad. Y mañana, a estas horas, tras vagar como alma en pena por distintos hospitales, estaré de vuelta en casa con un cuaderno cargado de información y, ojalá, de más conclusiones.

*Para los curiosos –yo tiro la primera piedra- , y porque toda opinión y ayuda será bienvenida, las especialidades que me planteo son Anestesiología, Pediatría, y Ginecología y Obstetricia. Ah, y algún día os contaré quién era don Urbano ;)






jueves, 6 de marzo de 2014

De jornadas postmir y bombas de Hiroshima: sacando conclusiones

Yo quería ser camarera de discoteca. Tal cual. Ni peluquera, ni profesora, ni médico. Bajo ningún concepto me imaginaba siendo médico. Cómo siquiera iba a pasárseme por la cabeza a mí. Yo, que con apenas ocho años, entre clase y clase en el conservatorio, hacía una visita al trabajo a mi madre, matrona, a la que solía pillar “con las manos en la masa”. Y no sabía ya qué hacer, si apretar los dientes, taparme los oídos, clavar las uñas al sillón, o salir huyendo despavorida para no escuchar los alaridos de dolor y la letanía resignada de las parturientas. Yo, que apenas entraba por la puerta del hospital y ya notaba los síntomas del presíncope. Yo, que convulsionaba ante la visión de la sangre.

Años después estoy aquí, disfrutando como puedo de las vacaciones más largas de mi historia mientras varias mini-yo convertidas en futuras médicos especialistas se tiran los trastos a la cabeza dentro de la mía propia para ver cuál de ellas gana la partida en este juego, más complicado de lo que pensaba, del “¿Qué vas a ser de mayor?”.

Por unas u otras razones, me hablaron de la preparación del MIR en sus múltiples facetas, pero nadie me contó que la bomba de Hiroshima haría explosión a pequeña escala en mi centro de la decisión, que, con todos los centros que posee el señor cerebro, digo yo que también andará por ahí. Y, bueno, no se lo cargó del todo, menos mal; pero sí causó desperfectos que lo removieron lo suficiente como para apuntarme a las “jornadas postmir” de mi academia. Total, si no me servían de mucho al menos me reunía con mis chicas en Madrid.

Bajamos del bus en Avenida de América buscando encontrar algo de claridad en medio de la maraña de inconexiones y emociones que durante días y días han fustigado mi pobre cabeza, a veces al borde de la claudicación. Buscaba escuchar de boca de adjuntos y residentes alguna palabra mágica que abriese una puertecilla en el fondo de mi ser para dejar salir a esa sensación, que sé que tiene que estar en algún rincón, ésa que te dice “la has encontrado, esta es tu especialidad”. Quería ver la luz. Esperaba que, con esos lemas en los que tanto se recrean las academias MIR (lemas un poco película americana, como “sois triunfadores”), mi pobre autoestima, maltratada en este subir y bajar de puestos, se repusiese un poco.

Ay, ¡pobre ilusa de mí! No sabía que, si no formas parte de ese submundo feliz y afortunado de “los mil primeros”, te daban una palmadita en el hombro y te mandaban suavemente a ir pensando en otra especialidad, como si un hospital pequeño no pudiese ser, ni por asomo, bueno para formarte en algunas de ellas. Qué puñetera es la suerte, qué perra esa neta y pico que te sube o te baja cientos de puestos y te hace sentirte inferior, cuando en realidad eres tanto o más merecedor de esa plaza como aquel que sí accederá. Como dijo el doctor Marañón “las oposiciones son el más sangriento espectáculo nacional después de los toros”.

No obstante, asumida la “realidad” y desechados los pensamientos absurdos y derrotistas, estoy contenta: estos días, algunas de las charlas y las visitas a hospitales me han servido para sacar algunas conclusiones. Buenas conclusiones, y buenas vibraciones. Y no, no he visto la luz ni he escuchado ninguna palabra mágica, pero alguna mariposilla perezosa ha hecho de las suyas en mi estómago: un poquito, otra vez, para así dar un respiro a mi cabecita loca. Ahora sé que puedo empezar a elaborar la famosa lista: mi lista.