miércoles, 18 de noviembre de 2015

Del verbo ser

Aquel domingo no distaba tanto de ser un maldito domingo más, y aquella cita súbita recordaba más a un trato que a la mágica conjunción planetaria que, se suponía, en algún momento tendría a bien suceder. Ni había luna llena, ni mesa reservada para dos, ni vino, ni rosas. El único atisbo de perfección se intuía en la línea, tan roja, de su boca.

Pidieron unas cervezas y escogieron la eme: de mirarse, morderse y mentirse. Fueron pasos en falso y caminaron en círculos, a sabiendas de que así no irían a parar a ninguna parte. Fueron retrasos y esperas, fueron brevísima complicidad. Fueron aviones de última hora que nunca iban a despegar. Fueron efímeros, y fueron intensos, en un único y fallido intento.

Eso es lo que fueron: la furia y las ansias del viento desnudando a los árboles de octubre, veloces, valientes, inciertos. 

De lo que no tuvieron certeza fue de lo que podrían haber sido. Podrían haber sido distancias recortadas, tachones en la lista de lugares a los que ir. Quizás otro abrazo. 

Más besos, quizás, también. 

Pero les faltó la música para desandar lo andado.
Quizás en otra tarde.  




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