lunes, 27 de abril de 2015
Primavera
Como un ciclón; así habría llegado. Con la súbita irrupción de una tormenta en abril, y a la vez con la expectativa prematura y ansiosa de una noche de Reyes.
Habría llegado, y entonces le habríamos robado no sé a quién aquella frase, porque podría haber hecho conmigo lo que la primavera hace con los cerezos. Habríamos incendiado las tardes, las noches, y con ahínco las madrugadas si me hubiese (des)vestido del rojo de las amapolas.
De haber odiado la lluvia, sé que con él me habría dejado llover encima hasta calarme entera.
Era consciente de que tenía permiso para aterrizar; de haber venido, podría haber hecho conmigo lo que quisiera.
Pero fue en mí primavera: súbito, leve, rojo.
...Era jodidamente guapo.
domingo, 12 de abril de 2015
Ayer no tuve que buscarte
Esta
tarde buscaba un poco de música. De esa que está viva, de la que se abre paso entre
el viento para para poner en pie al perezoso del vello de mi nuca. Caminé, no
mucho -bendito barrio-, para llegar a uno de mis rincones favoritos de Madrid.
Luego, he
esperado a que se vaciase exactamente el banco en que yo quería sentarme. Y así, estratégicamente
paciente, logré tener a la espalda las notas de esa flauta travesera. Me comía un helado sentada en ese banco (ya sabes: estoy "en edad de crecimiento" ;), mientras el domingo se exprimía, mientras yo miraba perros, parejas, niños patinar, y pensaba en ti: en cómo me gustaría contarte
tanto.
Contarte
que esta tarde buscaba la música como si no tuviese otra misión en esta vida,
pero que, últimamente, no te creas, busco pocas cosas. Sigo persiguiendo estrellas; eso
siempre, eso no cambia. Las de mi falda, las que se asoman cuando miro bien hacia arriba en este cielo contaminado de luz ajena, las de su espalda dibujando constelaciones que acariciar toda la noche. Busco motivos hasta cuando me los encierran bajo siete llaves. Pero busco
poco más: lo demás, que me encuentre, que aquí estoy.
Fíjate: ayer, como de repente, habían pasado cinco años desde que algún Dios inconsciente decidió que te quería a su vera. Demasiado temprano. Pero en parte comprendo su ansiedad por llevarte más pronto que tarde: quería tus carcajadas resonando tan alto; allá arriba les faltaba la vida que tú irradiabas.
Busco poco últimamente, ya te digo. Y aunque ayer habían pasado cinco años, ayer, a
ti, no tenía que buscarte. Mira que me vienen a la cabeza al menos tres
iglesias a las que llegar caminando en menos de cinco minutos; mira si en alguna de ellas un cura desconocido podría haber pronunciado tu nombre, y yo haber dejado escapar una lagrimita de pena y de rabia. Mira si tendré cientos de fotos donde sonríes. Pero no tenía que buscarte ni tenía que llorar: estabas conmigo. Siempre lo estás. Así que hice lo que hubieras hecho tú un
sábado cualquiera. Fundí tarjeta, reí, le sobé los mofletes rechonchos a mi
sobrino, y, por la noche, me bebí un mojito a tu salud. Ayer no tuve que buscarte porque tú sola te hiciste sentir en esa cotidianidad de que la aprendí a disfrutar, en gran parte, gracias a ti. No encontré mejor forma de encontrarme contigo en un punto
indefinido de esta distancia intangible. Qué mayor homenaje que celebrar la
vida como tú me enseñaste: “¡Fuma, bebe, y hazte una perdía!”.
Han
pasado cinco onces de abril, y a mí la vida me pasa muy rápido últimamente, mientras trato de hacer que mi brújula funcione con más tino. Sigo ansiando
llamarte a ti también, como llamo a Curro de tarde en tarde, para escuchar que me dices al descolgar “¡Hola, hermosa!”, para darte
la última hora del estado de mi corazón, tan blando. Para contarte que
me he enamorado por partida doble: de Madrid y de Anestesia. Y es que, del otro modo, hace
tiempo que no me enamoro. Quizás sea aquella vieja primavera llena de lluvia y de finales quien conserve los
recuerdos de la última vez. Nadie ha vuelto a
tocarme el corazón así. Ojalá hubiera podido leerte aquellas cartas, ojalá hubieses sabido de ese ingenuo amor que no encontró su momento. Ojalá hubieses conocido a Jules: lo adorarías. Y a la loca de la penca. Ojalá tuviese en papel aquella última foto. Ése día yo no estaba, pero mamá me contó que ése día te zampaste no sé qué pastel, so galga, que llevaba nata, y te manchaste de blanco alrededor de la boca. Había una foto en un móvil viejo, que se perdió cuando daba los últimos coletazos su obsolescente batería. No me hace falta foto, la recuerdo bien: un jersey claro de
cuello alto y cremallera, tus gafas casi redondas, tu pelo tan rubio, tan bien peinado, tu
boca pillada in fraganti, dudando entre la sorpresa y la carcajada, el fuego ardiendo al fondo.
Ojalá
pudiéramos darle quehacer a mi teléfono fijo. No es que lo use mucho, pero me
gusta tenerlo. En cierto modo, me hace sentirme adulta, aunque sólo sea por pagarle religiosamente a la compañía telefónica. Porque yo, ya sabes, siempre seguiré en edad de crecimiento: siempre encuentro el modo de aferrarme a mi niñez hasta casi clavarle las uñas.
Qué cosas, Nati: cinco años después ya sólo puedo reírme con tu recuerdo. Para qué derramar lágrimas que nunca te traerán de vuelta. Cinco años más vieja y cómo me siento es más pequeña. ¡Cualquiera diría que mañana mismo he de ponerme con el papeleo odioso de la declaración de la renta!
...No tuve que buscarte. Duermes, acurrucada y arropadita, en un rincón molloso de mi corazón blando.
...No tuve que buscarte. Duermes, acurrucada y arropadita, en un rincón molloso de mi corazón blando.
viernes, 27 de marzo de 2015
Neurosis postmir: Anestesia en el 12 de Octubre
Como había prometido, aquí estoy, un siglo después, dispuesta a hablar
laaaaargo y tendido sobre cómo se organiza la Residencia de Anestesiología y
Reanimación en mi hospital.
No ha pasado ni un año desde que yo rondaba por hospitales y…¡qué de cosas
más preguntaría ahora a la hora de escoger! Y es que Anestesiología, Reanimación y Terapia del Dolor es una especialidad amplísima y bastante desconocida. Sin ser quirúrgica, tiene muchísimas técnicas. Muy interesantes, y en boga, los bloqueos periféricos en cirugía ortopédica y traumatológica, el manejo de la Vía Aérea Difícil, las técnicas para tratamiento del Dolor, la ecografía para bloqueos, y la ecografía diagnóstica en Reanimación: pulmonar, ecocardio…
Además, al ser tan amplia siempre puedes subespecializarte: escogerla no te cierra puertas. Anestesia Pediátrica es otro mundo, así como Reanimación, Dolor...Y si el hospital que escojas se queda cojo en alguna de las patas, piensa que tienes tooooda la vida para seguir formándote, si ese campo te interesa especialmente.
Lo cierto es que, al final,
ahí está el azar, y es como si cada cual acabase donde le toca…Sea el lugar que
sea, con sus más y sus menos, si uno pone el corazón y las ganas, lo demás
acaba viniendo solo.
Y bien: tras esta parrafadilla introductoria...
- Cómo se organiza la residencia.
La residencia de Anestesia, como cualquiera, tiende a ser bastante uniforme
en todos los hospitales, y es que, al fin y al cabo, independientemente del
sitio que uno escoja, se trata de formarse correctamente. Como muchos sabréis,
son 4 años (que deberían ser 5) durante los cuales debes transformarte en
Anestesiólogo, Reanimador y Terapeuta del Dolor. ¡Qué vértigo!
De R1, en mi hospital, hacemos 5 meses fuera del Servicio, durante los
cuales, en general, se rota con algún coR de otras especialidades (cosa que
puedes llegar a echar de menos después, cuando estás en quirófano):
-Un mes en Nefrología, en PICs (Partes de Interconsulta) o en la Unidad de
Agudos: son transplantados renales con procesos agudos, o los recién transplantados
al salir de Reanimación, y antes de ir a Planta; una especie de unidad de
cuidados intermedios. También es la unidad donde se realiza Hemodiálisis.
- Otro en Cardio, que puede ser en PICs o en Planta.
- Otro en Radiografía de tórax (el subsuelo, que le llamaba yo), donde
pasas mañanas enteras, con un horario benevolente, aprendiendo un montón sobre
interpretar placas de tórax. Una rotación que en su día me pareció algo
aburrida, y sin embargo al final me está resultando (y me resultará en un futuro)
muy útil.
- Y 2 meses en Urgencias de Medicina
Interna, en el área de Observación-encamados. Un ritmo frenético de trabajo,
donde se ven procesos agudos y muchas veces graves, que desde mi punto de vista
pueden ser útiles para nosotros: fibrilación auricular, broncoespasmos, shock
séptico, síndrome coronario agudo…Cosas que pueden llegar a suceder en un
quirófano. Y qué decir de los pacientes que se complican en Reanimación.
El orden varía, claro. El resto del tiempo ya eres todo un anestesioblasto
que lucha por no tropezar con los cables en el lado oscuro del quirófano, donde
estás solo con tu adjunto responsable. Lo cual significa que, salvo técnicas
complicadas, tú vas a hacer todo, supervisado. No tienes que “pelearte” con
ningún coR por ver quién intuba esta vez.
- - 1 mes en quirófano de
Trauma.
- - 1 mes en quirófano de
Cirugía General.
- - 1 mes en un quirófano
donde se hacen ambas cirugías a días alternos.
- - 1 mes en Obstetricia-
Paritorio (esta rotación sí se hace junto a un coR, pero vamos...que hay epidurales de sobra para todos).
- - 1 mes en Ginecología.
- - 1 mes en Consulta de
Preanestesia.
De R2 en adelante se va rotando por los distintos quirófanos en orden
creciente de complejidad, de forma que la cirugía cardíaca, vascular, torácica,
neurocirugía…se suelen hacer de R3-R4. Además, se hacen rotaciones “externas”
dentro del propio hospital, como por ejemplo en UCI Politrauma, y post-operados
cardíacos, que lleva Medicina Intensiva. En Rea se llevan los transplantes de
pulmón y riñón, si no me equivoco. Otras rotaciones son Dolor crónico y UDA (Unidad de Dolor Agudo), CMA, Reanimación.
Del Doce destacaría una Unidad del Dolor joven y que está creciendo a
marchas forzadas, la Unidad de Hipertensión Pulmonar (en la que participan multitud de especialidades, y entre ellas la nuestra), los transplantes de todo
tipo…Y que es el hospital de referencia del sur de Madrid. Así pues, que sea tan grande tiene la ventaja de que vas a ver absolutamente de todo (por lo que no te temblarán las piernas cuando estés solito, como adjunto recién estrenado, en un comarcal perdido de la mano de Dios), y la desventaja de que a veces puede ser algo impersonal y de que todo está muy subespecializado (por ejemplo, las traqueostomías en Rea las hacen los otorrinos).
- Rotaciones externas
Lo ideal sería tener 2-4 meses “vacíos”, es decir, donde no existan
quirófanos o rotaciones programados para poder hacer rotaciones externas. En el
Doce no es así, y desconozco cómo es en otros. Pero lo que sé es que en mi
hospital, y suele ocurrir en todos, no te ponen pegas para marcharte fuera un
tiempo para rotar en áreas que quieras reforzar, que te interese especialmente
por cualquier motivo, o en las que quizá tu hospital se quede algo corto. Y,
claro, que si no están previstas se te
permita cambiarlas por algunas de las que tienes en tu planning sin que ello
suponga un déficit importante en tu formación. Siempre es enriquecedor ver cómo
se trabaja en otros lugares. En general, las buscas tú, con ayuda de tutores
y/o resis mayores. Las R. Externas más habituales son bloqueos periféricos y
Vía Aérea Difícil. También puedes rotar en Cirugía Cardíaca o Torácica, en Rea
o UCI…Según qué te vaya interesando más. Aunque ciertas rotaciones hay que
solicitarlas con bastante antelación. Y eso sí: suena muy guay rotar en EEUU o
Reino Unido, pero en general en el extranjero sólo se te permite mirar, “estilo
estudiante”, por temas de responsabilidad profesional.
- Asistencia a cursos, jornadas, congresos…
En Anestesia, en un hospital grande, como el mío, donde somos tantos resis
por año, asistir a congresos no es fácil, relativamente. Es decir, uno puede
pagarse de su bolsillo cuanto quiera, pero la financiación es una cosa que anda
regular en los últimos tiempos.
No obstante, poco a poco uno puede irse haciendo con sus contactos, y los
adjuntos suelen conseguir inscripciones gratuitas muchas veces.
Lo que es importante es que, sobre todo siendo R1-R2, donde sueles ser
bastante prescindible en quirófano, que no te pongan pegas para asistir. Mi
tutora suele decirme que “prima siempre la formación”. Yo he acudido a un curso
de una semana entera de ECG, a jornadas de Transplante, a la Reunión de la SAR
Madrid…y jamás me han dicho que no ni me han puesto una mala cara. Hay
muchísimos cursos interesantes: te vas enterando poco a poco.
Eso sí, autofinanciación a tope.
- Sesiones clínicas
Normalmente hay dos sesiones: sesión
de resis solos el martes a las 7.45 (¡prohibido asustarse! xD), y sesión del
Servicio los viernes a las 7.45, que también suelen ir orientadas hacia
nosotros y en las que se pasa una hoja de firmas. Después hay una de adjuntos a
la que a veces asistimos si el tema es acorde con nuestros conocimientos o
tenemos especial interés.
También hay sesiones cada 2 semanas de Anestesia Obstétrica para R1 y R2, y
después en cada sección del Servicio mientras se está rotando allí: cardíaca,
transplante, Rea, Infantil. Últimamente estamos “a tope” con las sesiones de la
Unidad del Dolor. A veces no se puede acudir: si estás saliente y ocupado, si
tu rotación empieza antes de la hora a la que acaba la sesión…Pero no supone
una tremenda pérdida, y es ocasional.
Además, una vez al mes se hacen sesiones interhospitalarias con el resto de
hospitales de Madrid mediante videoconferencia y chat, que son bastante
enriquecedoras.
Como somos muchos resis, no vas a vivir preparando sesiones, al menos de R
pequeño, lo cual, al principio, se agradece porque no estás agobiado.
- Guardias
De R1 comienzas haciendo guardias de Urgencias en lo que en el Doce
llamamos “Agudos”, que viene a ser Observación/Encamados, junto a los coerres
de especialidades médicas. Se hacen en teoría durante todo R1, unas 3-4 al mes,
aunque a partir de enero empezamos con las guardias de especialidad y, si
quieres, puedes ir haciendo menos de Urgencias. Por ejemplo, en enero hice mi
primera guardia de Anestesia, así que hice 2-3 de Agudos, y en abril, que tengo
tres de Anestesia, en principio haré sólo una de Agudos. Según lo útil que te
resulte, lo bien o mal que las aguantes, y lo saneada que esté tu economía de
residente xD. Contaros cómo son las guardias de Agudos me llevaría un post
entero, así que si hay alguien especialmente interesado le contaré con mucho
gusto de forma privada.
Y bien…en cuanto a las guardias de Anestesia…son otro mundo. Un mundo
feliz, donde se puede dormir más (a veces), y donde tienes oportunidad de
aprender un montón y de ver y hacer un montón de técnicas.
Digamos que hay varios tipos:
- - General: mucha Trauma
y Cirugía General- apendicitis, perforados…-, Vascular – el temido aneurisma de
aorta roto…-, Maxilofacial…Muy, muy variado. A veces se duerme: ¡toda la noche
en mis dos primeras guardias! Y lo dicho: muy útiles. En mi primera guardia
hicimos una urgencia neuroquirúrgica para empezar la mañana, y en la segunda
hice mi primera intubación nasotraqueal, por poner algunos ejemplos. ¡Fue
genial!
Además, compartes la guardia con un resi
mayor, y con 3 adjuntos. Es decir: nunca estás solo.
- - Mater: obstetricia,
básicamente, con sus millones de epidurales y césareas urgentes. Pero también
patología ginecológica urgente, pacientes recién operadas de la Rea que
resangran, pacientes de la Rea en estado crítico que empeoran a media noche,
preeclampsias…Otro mundo, pero ¡tan bonito! Eso sí: aquí se corre, y mucho. Si
logras dormir algo y al día siguiente hay sesión, los adjuntos de la mañana te suelen
coger el busca y te dejan asistir.
- - Niños
- - Guardias de
Reanimación
Estas dos últimas una vez has rotado en Anestesia
Pediátrica y Rea, con lo cual aún no puedo contaros de qué van. Pero ambos
campos me llaman poderosamente la atención.
Luego existen las guardias de
Transplante, de las cuales aún no conozco apenas nada.
Suelen hacerse 4 guardias al mes y se
libran todas.
- Horario normal
Los quirófanos suelen comenzar a las
8.30. No obstante, lo suyo es llegar antes para ir viendo al paciente en el
antequirófano, para ir al quirófano a cargar la medicación y comprobar los
equipos e instrumentos…Y además, depende del adjunto con quien estés. Algo que
todos consideramos bueno: que si el parte programado se prolonga, a las 14.45
los anestesistas de guardia o de tarde te sustituyen y te vas a casa. Horario
fijo que te deja toda la tarde libre J Para mí no es algo
bueno: es maravilloso poder comer en casa cada día, si así lo quiero; ¡sentir
que no se me va la vida dentro del hospital! Porque sí: me encanta mi profesión,
pero trabajo para vivir, no vivo para trabajar.
- Minucias y detalles
La comida del Doce es de las mejores de
los hospitales de Madrid, o eso dicen quienes conocen otros centros. Obviamente, cuando llevas un tiempito por aquí, pues
te cansas, pero hay buffet de ensaladas y otros dos primeros para elegir, y 3
segundos. Eso sí: no cojas un sobrecito de kétchup o botellita de agua y coca
cola de grifo sin pagar el extra, que se ponen como fieras xD.
No nos dan abono transporte: venir hasta
el Sur corre de tu cuenta. Pero la línea
amarilla es una maravilla, hay muchos buses y estación de cercanías que te deja
en cinco minutos de reloj en Atocha. Yo vivo en el centro y voy en metro, y mi
trayecto son 15 minutillos, o sea que está bastante bien comunicado.
Hay parking gratuito que se llena
enseguida. Lo bueno es que madrugamos más que la media, y que “salimos” de
Madrid, con lo cual no encontramos atasco. Si el parking gratuito no tiene
huecos libres, hay parkings que cuestan 1 euro al día, o algo así.
Y bueno...digamos que tenemos una población en cierto modo especial, lo cual te da un ojo clínico y un desarrollo de las formas, la diplomacia y la paciencia que otros lugares no te dan. Así como patologías frecuentes, pero también raras, y casos "muy pasados".
Y bueno...eso es todo lo que puedo ofreceros con el cansancio acumulado de una larga semana. Espero que os hayan entrado ganas de veniros al Doce, y/o que si dudábais con Anestesia veáis que es una gran opción a tener en cuenta. Como siempre, y, como siempre, con cierto retrasillo, estoy a vuestra disposición :)
¡Suerte a los electores, que ya tenéis día!
lunes, 9 de marzo de 2015
Neurosis postMIR: qué preguntar cuando visitas hospitales
Hace doce meses andaba perdida. Loca perdida, y perdida en una maraña de
preguntas encadenadas, sin respuestas. "La vida de ni-ni, la vida
mejor", me dijeron. Pero no. Los meses que siguen al MIR estás de
vacaciones, sí. Unos, con más suerte y más pasta, se relajaban en Tailandia,
otros hacían voluntariado en África, otros cuantos nos comíamos el coco y no
dábamos tregua a la maltrecha neurona única que malvivía en algún rincón de nuestro cráneo.
Me gustó sentirme comprendida y que los resis a los que preguntaba fuesen amables conmigo cuando, el año pasado, yo acababa de pasar por El
Trámite. Así que, como comenté en la última entrada, aquí os ofrezco un post muy distinto a lo habitual. Una serie de consejillos (exteeeeensa, en mi tendencia a enrollarme como una persiana) basados en mi experiencia haciendo "hospiturismo" y vagando como alma en pena por los hospitales de hasta 3 provincias diferentes.
- QUÉ ESPECIALIDAD ESCOJO
La pregunta del millón. Si tenéis el corazón partío entre
varias...mi consejo, que primero fue consejo de mi padre, es que prioricéis aquella que sea capaz de llenaros y al mismo tiempo os ofrezca mayor calidad de vida.
Si dudáis entre varias, yo trataría de aclarar un poco esto antes de ir a
preguntar, sobre todo si dudáis entre muchas especialidades, para no volveros locos. Haced listas de pros y contras (os reiréis si os topáis con ellas un año después :), y preguntad mucho. No obstante, sobre todo al principio, interesarse por
varias especialidades os puede ayudar a decidiros por una. Así comencé yo a descartar Gine y
Pediatría.
- HOSPITAL GRANDE VS. HOSPITAL PEQUEÑO
Difícil decisión si vienes de un hospital relativamente pequeño, como yo.
Más bien diría “familiar”. Hay que priorizar. Yo, como anestesista, quería
formarme en un lugar donde viese todo tipo de cirugías, incluidos transplantes,
grandes cirugías, politraumatizados…y por tanto una Rea grande. Y que también
tuviese una Maternidad y un Infantil potentes. Todo eso sólo podía conseguirlo
en un hospital grande, por lo que prioricé mi formación. No obstante, en
función de qué escojas, variarán tus necesidades. Si quieres “hacer manos”, ver
patología frecuente, y sentirte desde el principio “uno más” en el equipo… vete
a un pequeño-mediano donde te dejen hacer mucho y haya pocos residentes. Pero esto es algo tremendamente variable según la especialidad (acudid al omnipotente youtube en busca de vídeos de jornadas postmir).
- JORNADAS POSTMIR
Asistir a las jornadas puede ser revelador, y que en mitad de una
charla descubráis que ésa especialidad está hecha para vosotros, o que volváis acasa hechos un lío y casi más agobiados que al principio, que fue lo que me
pasó a mí. Así que a vuestra elección queda. Yo, si repitiera
experiencia...vería desde casa los vídeos. Aunque
los días madrileños no estuvieron nada mal :)
...Vale. Parece que voy atando cabos, pero...¿qué hago
ahora? ¿Qué pregunto?
- Contactad con el hospital.
Por supuesto, podéis ir un poco "a la aventura”, y una vez en
los hospitales buscar las secretarías del Servicio que os interese;
anécdota: en el Directorio de La Princesa leí "Anestesiología y
Reanimación" en 6 o 7 plantas distintas...podéis imaginar mi cara de póker
sin saber a cuál subir. Así que, por esta y otras razones, yo trataría de contactar
con alguien antes de ir. Y, cuando vayáis, pedid mails o teléfonos para
contactar por si después os surgen más preguntas.
Normalmente, en las Secretarías suelen contactar con algún resi o con
tutores para que os cuenten un poco. Pero tened en cuenta que a
veces no es fácil pillarnos, así que yo trataría de quedar con alguien
previamente, sobre todo si sois de fuera y vais con el tiempo justo.
Lo que yo hice fue tirar de contactos, pues ya conocía a algunos resis y
adjuntos por la facultad, y contactar con las comisiones de docencia o las
secretarías de los distintos Servicios y hospitales que me interesaban (por
mail o por teléfono; suele ser fácil de encontrar en sus webs). En ciertos
sitios fueron súper amables, y en seguida me pusieron en contacto con
residentes. En otros hospitales ni me cogían el teléfono. Cuando no tuve forma
de contactar, iba por los pasillos mendigando atención xD. También es una forma
válida, sobre todo si no tienes prisa (que en la vida ni-ni del postmir, suele
ser la norma). En general, siempre te atienden y son bastante majos. Hasta
saliente de guardia me informó a mí una de mis actuales resis mayores, y
además, en persona, por mail, por teléfono y hasta por whatsapp.
Si podéis, y dais con alguien majo, yo intentaría pasar unas horas allí,
para ver “in situ” cómo se trabaja. Os puede ayudar a decidiros por una
especialidad, por ejemplo, volver a ver una cesárea (cosa que no te ocurría, qué sé yo, desde cuarto de carrera).
- Qué preguntar.
Partamos de la base de
que ningún hospital lo tiene todo, ni es perfecto, ni maravilloso. Pero
vayamos a lo práctico: qué te interesa saber a la hora de escoger una
especialidad en un hospital en concreto. En esta entrada me voy a referir a generalidades, pero una sólo sobre Anestesia está en proceso ;)
- Cómo se organiza la residencia.
- Rotaciones externas
Lo ideal es que haya 2-4 meses “vacíos”, para hacer rotaciones externas. En
áreas que quieras reforzar, que te interesen especialmente, o en las que tu
hospital cojee. O, simplemente, porque siempre es enriquecedor e interesante ver cómo se hacen las cosas en otros lugares.
Si, como en mi caso, no están previstas, que os permitan cambiarlas por
otras rotaciones sin que ello suponga un déficit importante en vuestra formación general.
- Asistencia a cursos, jornadas, congresos.
- Sesiones clínicas.
Y también saber cuántas te toca preparar al año. Que enseñar y aprender, prepararlas, vencer el
miedo escénico… está muy bien, y es necesario, pero una cosa que esté bien. Que
no os sobrecarguen. Que hay mucho que estudiar y que vivir como para pasar las tardes pegado al powerpoint.
- Organización del Servicio.
- Guardias.
Guardias de Urgencias. Durante cuánto tiempo se hacen (un año o menos es lo ideal, bajo mi experiencia), cómo son (en encamados, en ambulantes- que
sería “la puerta”, propiamente dicha-...) y qué organización/jerarquía hay (cómo se
distribuye el trabajo). Si se parte en dos turnos durante la noche por sistema,
o es poco frecuente. Si se aprende y qué se aprovecha, qué se saca en claro de
ellas. A veces pueden ser frustrantes y cansadas. Pero yo creo que siempre aprendes algo ;)
Cuándo se comienza a hacer guardias de especialidad. Qué tal son, qué cosas se suelen ver. Con quién compartes la guardia (no es lo mismo ser el único resi que estar con un mayor, y con más o menos adjuntos). Si te
permiten ir a las sesiones si estás a punto de acabar la guardia.
Número de guardias y si se libran. Un mínimo de 3
guardias para tener un sueldo decente. Entre 4 y 5 lo ideal para no morir en el intento. 6-7...en vacaciones, para cubrir huecos de los compañeros. De transplante, en especialidades del área quirúrgica.
- Horario normal. Si os pagan hasta las 3, que salgáis a las 3. Si saliese a media tarde más veces que menos me hubiese saturado en cuestión de meses. En caso de que pertenezcáis al área quirúrgica, sabed si hay peonadas, y si os sustituyen o no cuando finaliza el horario de mañana.
- Secciones que tiene el Servicio, y si hay que suplir algo con rotaciones externas porque el hospital sea deficitario en ello. Si hay tiempo destinado/reservado a rotaciones externas, y si no lo hay, que no se pierda excesiva formación.
- Futuro laboral, salidas, facilidades para encontrar trabajo al acabar la residencia, incluso dentro del propio hospital.
- Sueldo
- Otros detalles
Qué tal es el ambiente en el hospital, en el Servicio, entre los resis del servicio. En
los dos últimos puntos, suele crear buen ambiente que haya adjuntos jóvenes y
relativamente pocos residentes.
Preguntad a quien os informe si fue a preguntar a otros sitios, y qué
opinión tiene sobre ellos. En mi caso, esto me evitó ir a ciertos sitios (tened
en cuenta que iba con el tiempo limitado).
Espero haberos resultado útil :) ¡Contadme! Y, lo dicho, en breve información más concreta para anestesioblastos en ciernes ;)
sábado, 7 de febrero de 2015
¿Los días felices? Reflexiones 365 días después de mi MIR
El sábado pasado fue un día importante. El enero de la niña bonita se evaporaba mientras más de uno, seguro, tenía que echar mano del Sumial, de la homeopatía, o de hacerse un altarcillo con las estampas de santos, Vírgenes o Budas rechonchos en miniatura: amuletos y remedios para todos los gustos. Y es que el MIR y demás "IRes" volvían a hacer acto de presencia. Aunque estuve
pendiente de las noticias, y de los amigos y conocidos que se enfrentaban a “El
Trámite", mi feliz tarde de sábado era bien distinta: remoloneaba en el sofá leyendo un libro, sin dejar de tener en mente si acababan de empezar, si les sudarían o no las manos, y a qué
ritmo irían gastándose chocolates y cocacolas; cuánto tiempo les restaba para el final. Pero,
después, inmersa toda la semana en un curso de electros en el Clínico, cerrado con un apetitoso doblete viernes-domingo de guardias de Urgencias, apenas he curioseado preguntas, dificultad ni resultados.
Y es que es increíble con qué facilidad pasa un examen de gobernar tus días a merodear de cerca pero saludando desde lejos. Hace no mucho me preguntaban cuántas netas obtuve, y ni me acordaba. Ni se me hubiera pasado por la cabeza hace poco más de un año, cuando me despertaba y me acostaba pensando en ellas. Cuando aquellos últimos días eran, decían, el principio del fin. Sin darme apenas cuenta ya ha transcurrido un año: el mismo día, a la misma hora, me encontraba de nuevo cerrando otro enero. Pero de qué diferente manera.
Y es que es increíble con qué facilidad pasa un examen de gobernar tus días a merodear de cerca pero saludando desde lejos. Hace no mucho me preguntaban cuántas netas obtuve, y ni me acordaba. Ni se me hubiera pasado por la cabeza hace poco más de un año, cuando me despertaba y me acostaba pensando en ellas. Cuando aquellos últimos días eran, decían, el principio del fin. Sin darme apenas cuenta ya ha transcurrido un año: el mismo día, a la misma hora, me encontraba de nuevo cerrando otro enero. Pero de qué diferente manera.
Principio del fin. Más bien, ya veréis, un tremendo corto y cambio. Al fin y al
cabo, no tiene mucho sentido hablar de principios y finales cuando no paro de toparme con ellos por todas partes: de
rotación, de fiesta, de curso, de sesiones clínicas, de lo que pudo ser y no
fue, de guardias memorables y otras horrorosas. Puntos de partida y de llegada que
se suceden a una velocidad vertiginosa mientras, por el camino, yo trato de
aprender y aprehender cuanto puedo. Pero siempre intentando no caminar en
círculos.
En medio de esta vorágine, a veces, nos paramos a pensar. Y no sé si
esto es lo que nos imaginábamos. Esa dulce vida del residente de primer año. Los
días felices que nos habían prometido. Porque aquí hay hueco para todo. Caben el subidón de las
primeras veces: la primera vía central, el primer parto, el primer “caso gordo”
que no se te escapa en la guardia. Pero también la
incertidumbre, la sobrecarga, el cansancio, las dudas. El ser el último mono. El tener que estudiar más que
nunca, en realidad. Una vida circular cuyas estaciones son madrugón, hospital, cansancio, muerte súbita en el sofá, estudiar, dormir y volver a madrugar. Y, claro, ¡menudo bajón! Cuando te das cuenta de que, tras esa nube donde flotábamos cuando calor y novedad se daban la mano, de que a nuestras vidas, a lo que hasta ahora éramos, las montaron en una montaña rusa y las pusieron boca abajo para sacudirlas.
Nos hacemos mayores. Los veintipocos van siendo más bien veintitantos, y quizás es que nos toca madurar de forma brusca, como a frenazos. Y eso cuesta. Así que, mientras los días vuelan nos dejamos arrastrar por ellos, dejándonos llevar por la corriente de “lo que toca” esta vez.
Nos hacemos mayores. Los veintipocos van siendo más bien veintitantos, y quizás es que nos toca madurar de forma brusca, como a frenazos. Y eso cuesta. Así que, mientras los días vuelan nos dejamos arrastrar por ellos, dejándonos llevar por la corriente de “lo que toca” esta vez.
Pero pensémoslo: en el fondo, dejarse llevar suena demasiado bien, después
de haber ido contra tantas cosas tanto tiempo: contracorriente, contrarreloj,
contra viento y marea, contra percentiles. Y además, mientras en la orilla encontremos amigos, chocolate, ganas y caprichos de saliente de guardia, nada puede ir tan mal ;)
El domingo volvía a Madrid tras un efímero fin de semana en
casa, y al dejar a la izquierda el Doce me di cuenta de que en cuestión de
semanas los erreblastos andarán pululando por los pasillos, ávidos de información. Si me preguntan a mí, les contaré qué deprisa sucede todo. Les hablaré de la montaña rusa. Si da tiempo, les hablaré de pros y contras. Les diré que se busquen, siempre, una vía de escape. Que se lo impongan. Y que, bueno, de Anestesiología aún no puedo contarles mucho, aparte de que me está ganando poco a poco. Me conquista despacio, y, claro, creo que estoy enamorando de ella. Profundamente. Y creo que será un amor para toda la vida.
Trataré de ser escueta, y es que por ahora sólo sé unas cuantas cosas: que van a ser muy felices, si así lo quieren. Que yo de ellos me entregaría a la profesión, pero que no pueden olvidarse de que, ante todo, hay que vivir. No se puede ayudar a los humanos si uno no se comporta como tal. Que, otra vez, podemos con lo que nos echen. Y que yo, de momento, y cada vez más cerca de ¡ser R2!, duermo algunas historias y sueño con escribir otras.
PD. Enhorabuena a los erreceros/erreblastos. Llamadlo como queráis: el principio del fin, el cambio, el looping. Pero vuestra olaza ya es vuestra. Porque, pase lo que pase, al final estaréis en vuestro lugar, y algún día lo sabréis. Lo sentiréis. Pero, amigos, os quedan unos meses de neurosis colectiva. Y, como yo pasé por ello (y de qué manera; que se lo pregunten a mi madre) me ofrezco por si puedo resultaros de ayuda: qué preguntar en "la ruta de hospitales", por qué elegir Anestesia, cosillas sobre los hospitales donde yo pregunté...
Pretendo crearme un correo, pero podéis escribirme en comentarios. Espero ser útil :)
sábado, 27 de diciembre de 2014
Feliz e (im) perfecta Navidad
Miento como un bellaco si pretendo fingir que la Navidad no me entra por
los ojos. Yo, que si existe la reencarnación bien pude haber sido elfo en
Laponia en otra vida, o, qué sé yo, el camello de Melchor, o la estrella de
Oriente. El mismísimo pesebre, incluso. Lo que sea; cualquier contexto cultural
me vale mientras tenga algo que ver con los días que rodean al veinticinco de
diciembre. Miento si niego que me vuelvo completamente majara cuando
octubre se quiere acabar, y aún paseando en mangas de camisa, las bolas de
nieve, las guirnaldas y los catálogos de juguetes empiezan a desbancar de las
estanterías en los templos del consumo a chanclas, bronceadores y otros restos
del sol. Sufriría una hipertrofia nasal que ni Pinocho si tratase de ocultar
que cada vez que salgo del gimnasio tengo que luchar contra mis pies para que
no entren en el Tiger que hay justo al lado a caer en la tentación, pues corro
el serio peligro de salir del lugar armada con cachivaches varios y
tremendamente útiles como puedan ser tres angelotes, un reno o moldes para
galletas que luego nunca hago porque no tengo ni tiempo ni espacio para un
michelín más.
Así que sí: soy el antigrinch y debería haber nacido en
Finlandia.
Por eso adoro diciembre. Incluso con su consumismo y su derroche. Adoro
desparramar por el suelo adornos de todos los colores aunque siempre termine
escogiendo los rojos. Pelearme con las luces para, al cabo de un tiempo no
inferior a cinco eternos minutos, lograr desenredarlas. Oír a la Gorda roncar
de fondo, agotada y con el hocico lleno de purpurina tras el esfuerzo titánico
de haber inspeccionado las bolsas de adornos una por una. Emocionarme con
la novedad que me ofrece Madrid en el horizonte desde el pasillo de quirófanos
cuando se despoja de su nube de humo descubriéndome la nieve a lo lejos.
Tratar en vano de aprenderme villancicos en inglés para cantarlos todo lo a voz
en grito que me permita el catarro de turno, y partirme de risa cuando descubro
que se los he pegado a mi madre y a mi mejor amiga. Que por las noches en la
tele pongan películas de Disney y poder hacer maratón sin remordimientos ni
madrugones. La competición silenciosa y deslumbrante de las fachadas del barrio por dictaminar cuál se lleva el premio a la iluminación más chirriante y epileptógena.
Así pues, es comprensible que una vez más tiendan ustedes a tirar de estereotipos y me tilden de moñas, imaginándome envuelta en un halo de luz tenue, paz y armonía las dos últimas
semanas de diciembre, mientras la voz de Ella Fitzgerald ronronea en un
gramófono de altavoz dorado a 33 rpm.
Pero no. A la Fitzgerald la interrumpen cada tres canciones sin excepción
los anuncios de Spotify, porque no soy Premium. Puede que haya una tenue luz,
sí, pero no procede de esa dichosa velita algo snob que me tienta de diciembre en diciembre. Y no: la meteorología este año tampoco nos deja vivir una blanca Navidad. Comprensible si a medio día el termómetro alcanza sin gran esfuerzo los quince grados centígrados.
No obstante, una cuenta entre sus defectos y virtudes con la testarudez. Así
que, empeñada en edulcorar mi veinticinco de diciembre y completar mi galería
de Instagram con la imprescindible foto del abeto, ahí estaba yo: a ras del suelo, cámara
en ristre, tratando de hacer la perfecta foto navideña, obstinada en que la
Gorda se tumbase junto al árbol para obtener una idílica postal de revista de
decoración. Quería crear una imagen que destilase hogar por cada uno de sus
píxeles. Para, después, complementarla con la pertinente parrafada versando
sobre turrón, paz y armonía, que para eso estoy de vacaciones y volver a casa
me devuelve la inspiración que Madrid no me roba pero sí me esconde tras su
vértigo. Pero la tele encendida y el chunda-chunda escapándose de los cascos de
mi hermano hacían demasiado ruido. Y la Gorda, harta de mi complejo de
fotógrafa de pacotilla del AD, en lugar de echarse al parquet a poner su
habitual cara de perra dócil y adorable, agarró uno de los peluches de debajo
del árbol con el firme propósito de arrancarle los ojos y sacarle el relleno.
Aunque al final logré salvar al pobre muñeco de trapo a cambio de un yogur que terminar de rebañar con su inmensa lengua perruna, Reina me recordó que esto de vivir va, en definitiva, de planificar menos y de improvisar más. De caos, de informalidad. De feliz e (im) perfecta Navidad. Que la vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa. Que no es Navidad si no tienes que recorrer la casa de abajo a arriba a la caza y captura de al menos cuatro modelos distintos de silla; veinte culos son muchos culos que sentar cuando la familia crece :) No es Navidad si cuando acaba no sales de casa rodando como las albóndigas que, reconózcanlo, todos nos llevamos en un tupper. No es Navidad si no te pasas tardes y tardes buscando atuendo para el enésimo evento, cuando sabes que, en verdad, lo único que importa es llevar los labios bien rojos y acabar con la suela del zapato llena de restos de confeti y cachitos de cristal cuando has bailado de verdad. No es Navidad si nadie mira con gula la última croqueta, a sabiendas de que tita Rosa, que siempre vela por nuestra nutrición, freirá más en breve.
Y esta vez no es Navidad sin novedades. Qué de cambios en tan poco tiempo. En doce meses he pasado de vivir pensando en netas a salir de guardia, dormir lo imprescindible porque me pueden las ganas y agarrar un volante que llevaba meses sin tocar, para volver a casa y encontrarme una bienvenida que dejó en mantillas al mismísimo anuncio de “El Almendro”. De ser los de siempre sentados a la mesa, a que este año se hayan sumado “ésta” y el bebé más mofletudo del mundo, que presidió la mesa enfrente del ahora bisabuelo. “Ochenta y siete años de diferencia, pero ninguno tiene dientes”.
Aunque al final logré salvar al pobre muñeco de trapo a cambio de un yogur que terminar de rebañar con su inmensa lengua perruna, Reina me recordó que esto de vivir va, en definitiva, de planificar menos y de improvisar más. De caos, de informalidad. De feliz e (im) perfecta Navidad. Que la vida no tiene que ser perfecta para ser maravillosa. Que no es Navidad si no tienes que recorrer la casa de abajo a arriba a la caza y captura de al menos cuatro modelos distintos de silla; veinte culos son muchos culos que sentar cuando la familia crece :) No es Navidad si cuando acaba no sales de casa rodando como las albóndigas que, reconózcanlo, todos nos llevamos en un tupper. No es Navidad si no te pasas tardes y tardes buscando atuendo para el enésimo evento, cuando sabes que, en verdad, lo único que importa es llevar los labios bien rojos y acabar con la suela del zapato llena de restos de confeti y cachitos de cristal cuando has bailado de verdad. No es Navidad si nadie mira con gula la última croqueta, a sabiendas de que tita Rosa, que siempre vela por nuestra nutrición, freirá más en breve.
Y esta vez no es Navidad sin novedades. Qué de cambios en tan poco tiempo. En doce meses he pasado de vivir pensando en netas a salir de guardia, dormir lo imprescindible porque me pueden las ganas y agarrar un volante que llevaba meses sin tocar, para volver a casa y encontrarme una bienvenida que dejó en mantillas al mismísimo anuncio de “El Almendro”. De ser los de siempre sentados a la mesa, a que este año se hayan sumado “ésta” y el bebé más mofletudo del mundo, que presidió la mesa enfrente del ahora bisabuelo. “Ochenta y siete años de diferencia, pero ninguno tiene dientes”.
En mi Navidad nadie va a tocar al timbre y a decirme “to me you are perfect”,
porque, en el fondo, mi imperfecto diciembre no es más que la vida sucediendo. Aunque
tiempo atrás se me pusiera patas arriba, al final la vida se remienda sola. Y qué
maravilla volver a reír en la cocina de forma explosiva. Abrir un buzón
saturado de las cartas que mi casera se empeña en no recoger y encontrar una
postal que te hace morir de amor. Qué maravilla desearles un poco más de bueno
de lo habitual a los de siempre, y a los recién llegados que, espero, hayan venido para quedarse.
...Feliz e imperfecta Navidad :)
domingo, 26 de octubre de 2014
Madurar, y otras reflexiones de peluquería de barrio
Me he desmelenado. Literalmente. Mientras la mitad de
mi cabellera era arrastrada por mi peluquera hacia el recogedor yo visualizaba una reunión de calvos
indignados, con caras largas y con una coloración tirando al verde espinaca,
así como codiciando lo ajeno. Y del recogedor a la basura; no sé: en nueve o
diez “dedos” se redujo mi longitud capilar. Luego, riéndose, me dijo que era la
primera vez en años que le decía algo distinto a “¡No cortes mucho!”. “Está
madurando. Sabe lo que quiere”, sentenció después, mirando a mi madre.
Pues no sé si estoy madurando. No sé si sé lo que
quiero. Pero al menos voy sabiendo qué no quiero. Y no es poco. Para empezar,
quisiera no perder la costumbre de extraer conclusiones útiles a pie de calle,
sea en la peluquería, en un bar, o en un vagón de tren.
No sé por qué será que sí sé qué no quiero. Será que me
estoy haciendo mayor: son ya veinticinco mis otoños, aunque no se me antojen
tan lejanas aquellas otras veces en que la misma peluquera se ensañaba con mi
pelo mientras yo me rendía a lo inevitable (“tienes que estar fresquita, para
el verano”) encaramada sobre una torre de cojines de los Power Rangers para
estar a la altura precisa que requería el tijeretazo.
… Será que lloro menos, mucho menos, que antes. Será porque
me estoy endureciendo. Curtiéndome como el cuero, haciéndome
residente-resistente a base de guardias. Será
que los años pasan y a veces pesan, y es por eso que siempre escribo las cifras
con palabras y no con números: así se clavan, así dejan impronta. Será porque
ahora me ha entrado la neura y utilizo contorno de ojos para tratar de luchar
contra los efectos de levantarme y acostarme a horas que van contra natura.
Será que aunque sólo sé que no sé nada llevo un mes teniendo estudiantes
rotando conmigo en El Doce, y trato de explicarles lo poco que voy sabiendo.
Aunque sólo sea por que no hagan la fotosíntesis, como tantas veces hice yo. Será
que algunos de mis amigos tienen treintaytantos.
Sea lo que sea, y aunque voy sabiendo qué no quiero,
aunque llore menos, aunque salga más, no disto tanto de la niña a la que cortaban
el pelo sobre una torre de cojines. No he cambiado tanto. Qué va. Tanto que a
veces hasta creo que involuciono. Regreso al origen. Porque volví a soñar con Madrid, como hacía a
los quince, y ahora la callejeo, la exploro, me la bebo, la bailo y la adoro.
Porque me despojo del sentido del ridículo para quitarme un peso de encima y poder saltar muy alto antes de
abrazar con fuerza a mis amigos cuando hace meses, incluso años, que no les
veo. Aunque suele ocurrir que, dos minutos después del reencuentro, es como si
hubiésemos tomado el último café la tarde de antes. Porque escapar del
ruido capitalino se ha convertido en una necesidad, y volver a ese campo es mi oxígeno. Como una cría, convierto en aventura el ir a buscar nueces, palo en mano para luchar contra
las ramas que traten de arañarme. Porque que las calles se llenen poco a poco
de Navidad me despereza la sonrisa como hacía años atrás.
Evoluciono, crezco, maduro, y esta huida hacia adelante a veces no es más que saber cuándo y cómo retroceder: imito a los peques de mi familia, y, mimetizándome con ellos, de
tarde en tarde me acuerdo de ser, un ratito, niña otra vez. Entonces abro mucho
los ojos para no perderme ni un detalle, río a carcajadas cuando me apetece y
sigo creyendo en los Reyes Magos. Aunque ahora vengan a Madrid en coche, y no
en camello, para dejarme el congelador lleno de tuppers, o aunque ahora sea yo
quien viaje hasta mi Oriente particular, guiándome siempre por las mismas estrellas:
para cargarme de abrazos, de bizcochos que superan todas las expectativas a
pesar de los nefastos antecedentes personales, de pilas que se agotan y en mi
Oriente, que es también mi norte, se recargan en tiempo récord.
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